martes, 20 de agosto de 2013

[Cuarto capítulo]


Yo, al subir al tren, me senté en el primer asiento que encontré libre, me puse puse los cascos, encendí la música y desconecté. No paraba de sonreír pensando en, lo que en aquella tarde, había pasado. Me daban igual mis padres, si me pillaban o no, me daba igual todo; sólo, en aquél instante, me importaban sus besos, sus abrazos y aquellos ojos claros que enamoraban. Me importaba solamente ella. Llegó la hora de bajar de ese tren, ahora, con ganas de luchar, aún más, por ella. Pasaron los día y, todo y no estar juntas, ya nos tratábamos como pareja. Por fin llegó el día especial; el día que tenía claro, que iba a ser nuestro por siempre jamás. Un dos de octubre.

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