Déjame decirte como funciona esto, decirte como te escogí casi sin querer y a ciegas, porqué el amor ya hablaba sólo. Tú, sin darte cuenta, dejaste que esta historia fuera escrita en verso y sin pausas. Una historia mucho más eterna que cualquier distancia, porqué cuarenta kilómetros no son nada con los besos que aún he de regalarte. Soy tan feliz a tu lado que me he vuelto adicta a ti; a esa manera tan tuya de hacerme sonreír y en empeñarte a hacer este cuento aún más bonito. Me he vuelto adicta a tu sonrisa y tu sonrisa se ha vuelto adicta a mi. Y es que tengo la costumbre de ponerme a pensar en ti cada vez que se habla de sueños, de amor, de un futuro y de sonrisas. Te siento al otro lado de la cama cada madrugada aunque la mayoría de ellas no estés. Espero ansiosa el día en el que por fin pueda ver esas sonrisa a cada minuto, durante años. Y es que quedarme dormida hablando contigo a pasado a ser una costumbre sólo para que, después, pueda soñarte. Eres esos 365 amaneceres que más me convencen de que puedo vencer a esa maldita distancia y verte dormir apoyada en mi pecho. Debo darte las gracias por ser mi razón y mi argumento; la musa que hace que pueda escribirte cada vez que se me antoja para sentirte cerca. Gracias por hacer que muera y desviva por ti, por hacer que esto siga adelante. Gracias por enseñarme, por sonreírme, por reñírme y amarme. Te amo, recuérdalo.