martes, 20 de agosto de 2013

[Quinto capítulo]

Yo no paraba de pensar en como se lo iba a pedir, a decir y por dónde. Mi cabeza no paraba de dar vueltas hasta que, por fin, tuve una idea. Las manos me temblaban casi como el primer día y el equivocarme al leer el texto que tenia pensado leerle por teléfono, era totalmente seguro. Estaba muy nerviosa por escuchar aquella respuesta. Marqué su número, lo cogió y antes de que dijera algo, pam, empecé a leer. Cuando ya por fin había acabado, tras equivocarme un par de veces contadas, llegó la hora de saber la respuesta. Pero no, me dijo que lo haría aún mejor, dijo que me dejaría un mensaje con la respuesta en él. Yo me despedí de ella, le di las buenas noches y le dije que la quería, así, sin más.

[Cuarto capítulo]


Yo, al subir al tren, me senté en el primer asiento que encontré libre, me puse puse los cascos, encendí la música y desconecté. No paraba de sonreír pensando en, lo que en aquella tarde, había pasado. Me daban igual mis padres, si me pillaban o no, me daba igual todo; sólo, en aquél instante, me importaban sus besos, sus abrazos y aquellos ojos claros que enamoraban. Me importaba solamente ella. Llegó la hora de bajar de ese tren, ahora, con ganas de luchar, aún más, por ella. Pasaron los día y, todo y no estar juntas, ya nos tratábamos como pareja. Por fin llegó el día especial; el día que tenía claro, que iba a ser nuestro por siempre jamás. Un dos de octubre.

martes, 13 de agosto de 2013

[ Crecer no siempre es divertido]

Cuando somos pequeños vivimos en un mundo totalmente distinto al de los adultos, pero hay una cosa que nunca cambia; los tropiezos.
Tropezamos cada dos por tres, quizá, muchas veces en la misma piedra, en el mismo camino o probablemente por querer ir demasiado deprisa. De pequeña, me enseñaron a saber donde pisar y, lógico, si no pisaba bien, levantarme aún con más fuerzas y seguir. Una noche, mientras dormía, en mis sueños, hubo un duende que me preguntó algo:
- Cuando yo sea mayor, ¿Seré feliz? -me preguntó.
+¿Por qué no ibas a ser feliz? - Le respondí. Cuando nos hacemos mayores cambiamos, pero nuestra vida, nuestra forma de ser y todo no tiene porqué cambiar. Hay días que lloramos y en cambio, hay otros que reímos. Tú sólo serás feliz si de esos tropiezos te levantas y sigues por el camino correcto. Mucha gente dice que la felicidad para tenerla tienes que buscarla. No, la felicidad no se busca, se encuentra. ¿Cuándo? Cuando sea el momento oportuno para aparecer, hay que tener paciencia. No debemos ser impacientes y avariciosos, debemos saber esperar. Todo llega a su tiempo.
Eso sí, no dejes de sonreír nunca, tu sonrisa es preciosa.

lunes, 12 de agosto de 2013

[Tercer capítulo]



No dejábamos de abrazarnos. Me marcó mucho un detalle muy especial, para mi, de aquél día. "Un primer beso bajo la lluvia" Aquél día llovía y llegó el momento de nuestro primer beso. Ella tenía ganas, pero yo tenía el doble que ella. Yo me reflejaba en sus preciosos ojos claros y ella en mis profundos ojos marrones. Ella se acercó, nos acercamos y allí surgió el beso tan esperado, tan mágico, tan increíble y tan perfecto. Ella sonreía al mirarme, como diciendo que no me fuera jamás. Se acercaba la hora de irme, ella me acompañó hasta que viniera el tren. Segundos antes de irme, volví a darle un beso, pero esta vez, con lágrimas en los ojos. Ella me apretó fuerte de la mano, me abrazó, me besó y subí al tren. Las puertas se cerraron. El tren se puso en marcha y a través del cristal la veía cada vez más pequeña, hasta que desapareció. Pero eso sólo era el principio de algo, que jamás tenía pensado acabar. Aún no estábamos juntas, pero ya era mía.

[Segundo capítulo]



Me subí al tren, un veintinueve de setiembre; casi un mes más tarde de conocer a la persona, a la que tenía claro, que no dejaría escapar jamás. Tenía miedo y estaba muy nerviosa. Aún recuerdo todo, sin dejarme nada, de lo que en aquél momento se me pasaba por la cabeza. Las manos me temblaban y las piernas me flaqueaban sin parar. Miraba de un lado hacia el otro, observando cada detalle de aquél vagón. Me bajé del tren, mi estado de nervios se había multiplicado por dos a diferencia de cuando había subido a él. La ví, de lejos, dentro de la estación. Una sonrisa infinita reflejó mi rostro. Por fin crucé las vías, ahora, con unas ganas inmensas de abrazarla. Me planté delante de ella, la miré, me sonrojé, sonreí y la abracé. En aquél instante, sólo éramos ella y yo. Nada más tenía ojos para ella. Era preciosa, más de lo que yo me había imaginado. Al momento, apareció su madre, le di dos besos y marchó.

[Primer capítulo]



Todo empezó un 26 de Agosto del 2012. Yo, en esos momentos, era la típica macarra, chula y gamberra. Reconozco que, durante bastante tiempo, jugué con los sentimientos de muchas personas por miedo a quedarme sola. Yo reaccioné, pero lo hice tarde; lo hice cuando un veintiséis apareció alguien, alguien a la que hoy en día amo más que a nadie. Yo sentía que ella no era como las demás, que lo que yo empezaría a sentir no lo había sentido por nadie. Cuando iban pasando los días y veía que la cosa avanzaba, yo cada vez me ilusionaba más. Era como estar viajando sobre una nube o como, quizá, en un avión de papel que nunca jamás tendría pensado aterrizar. Las horas pasaban y nosotras seguíamos delante de una pantalla queriéndonos querer. Hubo un tiempo que dejamos de hablar, se me fue la cabeza y quise ir demasiado deprisa, dejando atrás lo que ya estaba escrito dentro; ella. Vi que las cosas no funcionarían como antes y volví hacia ella. Tan bonita como siempre, sentada en aquella silla, a cualquier hora, delante de la pantalla esperándome. Pasaron lo días y la cosa mejoraba más, decidimos vernos.